La realidad muere entre lo que es justo e injusto. Entre lo que merecemos y entre lo que no creemos merecer. Y el dolor y la lluvia golpeando nuestra cara parece ser algo que ninguno de nosotros quisiera soportar. No te vayas, quedate, te dije, pensé. Y en qué plano estás? Dónde estás mientras yo intento hablarte con la fuerza de mi mente. Mi voz tiembla. Mi cuerpo tiembla. No te vayas, más allá de las estrellas. A tu alrededor, todos te adoran, no te vayas. Le dije a María, bajo la lluvia, mientras el riachuelo rugía en la noche. Ella me habló del amor, de esperar, del canto de los ángeles, del ser en un lugar astral. María me abrazó, aunque yo estoy acá, encerrado, pidiendo que no se vaya, que no se lo lleve. No puedo más, la vida es injusta, creo. Me cuesta entender cuánto hablé de todo esto y ahora enfrentarlo. No sos vos el que se está yendo, porque vos estás más que vivo. Y tu alma y espíritu no están tan cansados como para irse ahora. Por favor, quedate.
Gracias María por tus palabras. El destino puede ser tan devastador como luminoso.



